EL SUPAY EN EL MUNDO ANDINO

El Supay en la mitología incaica, difiere mucho del actual concepto que lo considera como una divinidad maligna. Debemos recordar que la mirada que escribió nuestra historia, tuvo siempre un sesgo occidental. Los prejuicios del dogma católico asumieron a muchas deidades como representaciones del diablo, demonio o satanás.

Para cuestionar la imagen europea del Supay, podemos referir que al presente danzas como la Diablada en la cultura Aymara o los Saqras en la Fiesta de la Virgen del Carmen en todos los Andes, representan expresiones nativas vinculadas a la danza, el canto y la travesura. Recordemos que el Taki Onkoy o “canto enfermo” fue una manifestación de resistencia cultural ante la destrucción de su frágil y simbólico mundo. Desde el teatro, el baile y la música, los antiguos peruanos profesaban el retorno de las Wakas sagradas y también al espíritu de su cosmovisión.

El Supay, es una figura indefinida por el sincretismo religioso. Otro ejemplo, son la Danza de Tijeras (heredera del Taki Onkoy),  a los cuales se les conoce como Supaypa Wasin Tusuq: “el danzante en la casa del diablo. (Se atribuye a José María Arguedas la generalización del término “danzante de tijeras” por las tijeras que los danzantes llevan en la mano derecha y que las entrechocan mientras bailan.) En la diablada de Oruro, los mineros bailan disfrazados de “diablos” para pedir a la Virgen de la Candelaria perdón y comprensión por convivir con “Supay, Tiw o Tío” de la mina en lo hondo de la montaña. Se dedican ritos y ofrendas para encontrar las vetas del mineral y evitar los accidentes.

La referencia más antigua al término Supay de la que se tenga registro, es del año 1560, y corresponde al Lexicón de Domingo de Santo Tomás, donde es definido como “ángel bueno o malo, demonio o trasgo de casa…». Esto nos permite concluir que la asociación errónea del Supay a la figura católica del diablo, ha sido un proceso paulatino producto de la extirpación de idolatrías en Mundo Andino. Rescatar la esencia de nuestra cultura, nos obliga a ir tras la historia y volver a releer a nuestro pueblo e invocar sin temores a nuestros dioses. Tomarán años e investigaciones para que dejemos de pensar que el Supay es el diablo, que el Estado Inca fue un imperio y que los espejos de agua donde los astrónomos miraban las estrellas, son morteros.

Pavel Ugarte Céspedes

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